La primera canción del año
Cada invierno, cuando el cielo empezaba a llenarse de nieve y las luces aparecían entre los árboles, Volchik tenía una costumbre de la que nunca hablaba demasiado. Esperaba despierto hasta el último momento del año, mirando el bosque en silencio, como si estuviera esperando algo importante.
Cheburashka no lo entendía del todo. Pensaba que quizá Volchik esperaba un regalo, una sorpresa o simplemente el sonido de los fuegos artificiales que tanto le gustaban. Pero aquella noche, mientras el aire olía a nieve y mandarinas, decidió quedarse despierto con él.
Cuando el reloj marcó el comienzo del nuevo año, el bosque entero pareció detenerse por un instante. Entonces Volchik levantó la cabeza hacia el cielo y dejó escapar un largo aullido, cálido y alegre, que se mezcló con las luces y los colores de los fuegos artificiales.
—¿Por qué haces eso cada año? —preguntó Cheburashka, todavía medio dormido.
Volchik sonrió.
—Porque me gusta pensar que el primer sonido del año debería ser algo bonito.
Cheburashka lo pensó unos segundos y, sin decir nada, decidió acompañarlo. No sabía aullar demasiado bien, pero aquella noche tampoco importaba.
Desde entonces, cada Año Nuevo, ambos esperan juntos el primer momento del invierno para regalarle al cielo su pequeña canción.