Las flores rojas de mayo
Cada primavera, cuando el frío del invierno empezaba a desaparecer del todo y el aire olía a tierra mojada, Volchik y Cheburashka salían temprano hacia la plaza antes de que llegara la multitud.
Cheburashka siempre tenía la misma pregunta.
—¿Por qué hoy todos parecen hablar más bajito?
Volchik tardó unos segundos en responder. Miró las calles todavía tranquilas, las flores en las manos de la gente y las viejas fotografías que algunos llevaban con cuidado.
—Porque hay días que no son solo para celebrar —dijo al fin—. También son para recordar.
Cheburashka caminó unos pasos en silencio.
Aquella mañana el cielo parecía especialmente tranquilo. Algunas personas sonreían, otras recordaban en voz baja historias de sus abuelos, y en muchos lugares había flores rojas apoyadas junto a pequeños monumentos.
—¿Y qué recordamos? —preguntó finalmente.
Volchik levantó un poco la mirada.
—A quienes ayudaron a que otros pudieran volver a casa. A quienes hicieron cosas difíciles para que después llegaran días tranquilos como este.
Cheburashka se quedó pensativo un instante. Luego hizo algo que casi nunca hacía: guardó silencio.
Porque a veces el cariño también se demuestra así, recordando despacio.
Y mientras el sol de mayo comenzaba a iluminar la plaza, ambos permanecieron allí un rato más, dejando que el día hablara por sí solo.