La noche más tranquila del invierno
La nieve llevaba cayendo desde hacía horas, cubriendo el bosque con ese silencio especial que solo llega en las noches más frías del invierno. Desde la pequeña ventana de madera, Volchik observaba cómo la luna iluminaba los árboles mientras el mundo parecía quedarse quieto por un momento.
Dentro hacía calor. Una vela pequeña iluminaba la habitación y sobre la mesa esperaba un cuenco lleno de dulces y frutos secos, como cada Navidad. Cheburashka se había puesto su gorro favorito y no dejaba de mirar hacia la ventana, convencido de que una noche tan bonita debía de esconder algo especial.
—¿Por qué aquí todo parece más tranquilo hoy? —preguntó en voz baja.
Volchik sonrió sin apartar la mirada del bosque.
—Porque algunas noches no necesitan ruido para sentirse importantes.
Cheburashka se quedó pensando unos segundos. Fuera brillaba la nieve, dentro olía a madera caliente y a invierno. Tal vez Volchik tenía razón.
Aquella noche no hubo fuegos artificiales, ni canciones, ni grandes sorpresas. Solo una vela encendida, algo dulce para compartir y el sonido suave de la nieve cayendo al otro lado de la ventana.
Y quizá por eso, fue una de las noches más bonitas del invierno.